martes, 12 de abril de 2016

"Era noche cerrada en los campos de Olmedo y don Álvaro de Luna se sintió el hombre más poderoso del mundo"

(los) OJOS DE MOYA | Extractos de La Montaña Dorada, novela de Raúl Rentero, sobre la Batalla de Olmedo y la implicación de Álvaro de Luna, condestable de Castilla
Al mediodía don Juan II de Castilla asomaba con su ejército a las puertas del campo de Olmedo. El Condestable, don Álvaro de Luna, cabalgaba junto al monarca con los ojos encendidos. Sólo el rey era capaz de entender el significado de aquella mirada. La estrecha figura del valido parecía alargarse unos palmos ante el aroma de la guerra; las venas se le inflamaban, se tensaban sus músculos y erguía su pose sobre la montura, cual pendón, asido al arzón con las manos entrelazadas…

[…]
Don Álvaro de Luna echó un vistazo a los restos del campo de batalla. El hedor a sangre fresca era insoportable; aquí y allá algunos caballos heridos cabeceaban intentando levantar sus maltrechos cuerpos. Algunos peones recorrían las hileras de hombres caídos en busca de supervivientes o de moribundos a los que dar cristiana muerte. Frente al campo de batalla el condestable de Castilla y conde de Santiesteban se arrodilló y elevó una oración a los cielos. Fray Lope de Barrientos se acercó a él y le felicitó por el resultado.
-           Creo que después de esto ni el mismo Papa te negará el Maestrazgo de la Orden de Santiago –dijo el prelado.
-           Así lo espero y lo deseo –respondió don Álvaro-. ¿Dónde está el rey?
-           Han levantado campamento cerca de aquí. Te espera para felicitarte en persona.
            El valido caminó lentamente tirando de su fiel montura, deleitándose con el sabor de la victoria. En el campamento provisional recibió los honores merecidos. Pero el rey no se encontraba entre los homenajeadores. […] Cuando el Condestable salió de la tienda ya era noche cerrada y bajo el cielo estrellado de Castilla don Álvaro de Luna se sintió el hombre más poderoso del mundo.
[…]
-           Simón, guarda silencio y compórtate –lo puso ante el monarca-. Este señor que nos visita es don Juan, el rey de Castilla.
-           ¿Rey? –murmuró el niño sorprendido, como si los reyes sólo fueran patrimonio de los cuentos y las leyendas.
-           Él es Simón, es el milagro particular que el Francés nos concedió –explicó Sebastián.
            E pequeño Simón se acercó al rey e intentó acariciarle la barba, lo que hizo extremada gracia a don Juan hasta que el muchacho, para escarnio de todos, dijo:
-           Mi padre dice que el rey de Castilla es Álvaro de Luna.
            Los corazones se detuvieron ante la frase. El rey miró a Sebastián que pensó que, de la forma más estúpida, había llegado el final de su vida. Durante las conversaciones sobre asuntos políticos que mantenía con algunos vecinos jamás se le había ocurrido que su hijo pudiera estar al acecho de sus palabras.
-           ¿Eso dice? ¿Y qué más dice tu padre?
-           Canta una canción de cuna.
-           No creo que al rey le gusten las bobas canciones de la sierra –intentó salvar el pellejo Sebastián de modo desesperado.
-           No, no, Simón, cuando yo era pequeño, en el palacio cantábamos miles de canciones porque no podíamos dormir. Me encantaría aprender una canción nueva.
            El niño sonrió, contento de que aquel anciano de aspecto honorable quisiera escuchar la cancioncilla. Se aclaró la voz y entonó:
                                   Tiene Castilla un rey
                                   Que es rey de pacotilla
                                   Que por tener tan baja cuna
                                   Y mano de tocino de ley
                                   Le prueba la corona a escondidas
                                   A Don Álvaro de Luna.