miércoles, 25 de enero de 2017

El mayor orgullo genealógico

OJOS DE MOYA | La mirada de hoy va para uno de esos oficios ya perdidos que, lejos de la ignominia y el desdén, son santo y seña de una tierra que no sería la misma sin ellos: los porqueros
Existen oficios ingratos, o al menos con fama de ser de tercera categoría, que no por desdichados son menos importantes.
Si entre las profesiones ganaderas, nos dieran a elegir entre ser "yegüero", "cabrero", "vaquero" o "porquero" sería este último el que, en última instancia y por obligación, elegiríamos para vida propia o la de nuestros hijos.

Será que el propio nombre trae "suciedad", o que al que cuida los puercos se le tiene por "baja ralea". Aunque nada más lejos de la realidad. Porque el propio puerco, que instintivamente relacionamos con un animal "sucio y maloliente", ha sido el alma y corazón de estas tierras. Ha quitado hambres, ha puesto sabor al invierno y ha vestido empeines. Hasta ha guardado, en malos pergaminos eso sí, la historia de nuestros ancestros. Si cuidar del cerdo, que tiene alcurnia hasta en el santoral de San Antón (bien se sabe estos días), es sinónimo de ignominia "que baje Dios y lo vea". Y nos juzgue, me permito añadir.
Yo conozco a Tomasico 'El Porquero', que nada ya tiene que ver con el oficio que desempeñaron sus padres y abuelos en uno de los pueblos de la Serranía. Los motes son, salvando las distancias, como una lápida en herencia que va pasando de generación en generación. El padre de Tomasico, también por nombre Tomás (otra herencia, la del nombre, que algún día trataremos), trabajó en el campo toda la vida.
Cada mañana recibía los marranos, salía con ellos a la dehesa donde los animales hozaban y engullían todo lo que encontraban. El 'Porquero' cuidaba de tan alta ganadería con ahínco: cuidaba de que no se extraviaran y los vareaba para que no comieran malas hierbas. "Los cerdos son golosos por naturaleza. Comen lo que se les eche e incluso lo que no deben. Tienen inclinación a ir a lo que no se les manda".
A tal punto cierto que cuando las mujeres bajaban a lavar la colada a las pozos o al río o al lavadero, los cerdos (listos y tunantes) marchaban tras ellas a degustar el rico jabón de sosa. También escondían muy mucho el 'cacho pan' con que las mujeritas se regalaban en este almuerzo lavandero. Porque los cerdos tienen muy buen olfato. Bien lo saben los amantes de las trufas. Que si no hay perro rastreador que ponga el hocico a tierra, un cerdo bien podría traer a mientes una rehala.
También el 'porquero' velaba por las buenas siestas de los marranos. Bien lo dice el refrán "que te has echado una siesta como un cerdo". Y mientras los animales dormitaban su buena vida, Tomás aprovechaba para dar avío a su merienda.
Por la tarde, al regresar a casa, con los cerdos a buen recaudo y cada en 'cá su dueño', con el deber cumplido y los buches llenos, llegaba la calma y el recuento. Eran tiempos difíciles porque el pienso era alimento de lujo y las ganaderías engordaban lo que el campo dejaba. Y allí, en la dehesa, se les dejaba hacer y deshacer. Porque el cerdo es animal curioso y destrozón.
"El hambre le puede. No creo que haya animal más dado al yantar. Si los dejabas por el pueblo, con las casas abiertas de par en par, costumbre también perdida con los nuevos tiempos, los puercos llegaban a entrar en los domicilios a buscar la miga o la sobra".
Mientras tanto, los cerdos, también de generación en generación, han ido viviendo la vida de la tierra que no es otra que la de correr los campos y fabricarse los buenos jamones a la carrera. Para dar envite al invierno, a la matanza y a los sobrados. Aunque en esto no quisieran ser tan curiosos.
Ahora, cuando oigo al Tomasico 'El Porquero', hijo de Tomás 'El Porquero' y nieto de Tomás 'El Porquero' (ya se sabe… la herencia), cuando oigo renegar a este galán del mote familiar que le fue dado con sudor y orgullo, me viene a la memoria esta historia.
Porque el nuevo Tomás 'El Porquero', ingeniero informático y empleado de una multinacional, nada quiere saber de ese sobrenombre con que le atizan cuando vuelve al pueblo. Y bueno es que sepa que mientras él varea microchips de última generación sus genes siguen mirando a la dehesa y al lavadero, procurando que esos otros hijos no se coman el jabón de sosa.
A mi juicio, no podría haber mayor orgullo genealógico.