viernes, 5 de mayo de 2017

El juego con más 'me gustas'

OJOS DE MOYA | Una mirada a los juegos de antaño, algunos ya reliquias de folklore olvidado en los rincones de la memoria
La vida era la calle. Entonces no existían los videojuegos, la televisión (si había suerte y uno había caído en buena familia) era un lujo para momentos al punto y no solo no existían las máquinas modernas sino que ni siquiera nuestras mentes hubieran sido capaces de entender el mundo de hoy. Eso sí, teníamos WhatsApp, instantáneo y a doble check, que no era afición que ir de puerta en puerta llamando a los amigos y los vecinos.

"Fulanito se lo ha llevado su padre a la era".
"Ves a buscar a Mengano donde la Tía Nora".
Como una procesión, mensaje a mensaje, íbamos recogiendo a los niños, que entonces los había a puñados. Tampoco en aquellos tiempos uno pudiera pensar que, con el tiempo, las calles del pueblo quedarían desiertas de mozos y mozas con las rodillas despellejadas y los mofletes sucios.
Los juegos se decidían, es verdad, con "me gustas". Se proponía en concejo la propuesta y la que más "me gusta" recibía a mano alzada o voz en grito, se llevaba a cabo. A indios. A canicas. Al burro. Al bote. Al escondite. Estos juegos eran de niños. Juegos más brutos donde ya los muchachos iban atándose los machos y pensándose mayores y "mirados".
Y las niñas… ya se sabe. A cocinitas. A muñecas. A la goma. A la rayuela. Hasta en el juego, preparándose para la vida que se aproximaba sin saberlo. A la comba, cantada a coro con canciones que ya son folklore desmemoriado.
Juegos para aprender, para disfrutar, para no pensar demasiado. Porque en lo que el cerebro anda entretenido en esas menudencias no anda fraguando algunas otras maldades. Las 'pifias', eso sí, solían ser coto privado de los muchachos. Tirar piedras al tejado del tío Manuel, que se alteraba mucho con estas cantinelas y hacía gracia verlo salir, garrote en mano, tras la chavalería. O espantar el ganado cuando venía para la casa a golpe de vara con sus dueños. O robar los huevos del gallinero ajeno. O tocar a la puerta del más gruñón del pueblo y salir corriendo.
Qué tiempo aquéllos en los que sencillamente… se vivía.