sábado, 23 de marzo de 2019

La tragedia aérea de 1956 en la Sierra de Talayuelas


OJOS DE MOYA | Una mirada histórica al suceso que tuvo lugar en la comarca el 23 de marzo de 1956
© SERGIO DÍAZ | La Sierra de Cuenca, tan hermosa como abrupta, tan impresionante por sus picos y cortados, sus ríos y sus pinares, ha sido escenario, en algunas ocasiones, de tragedias aéreas. 

Si cada año se suele recordar, por ejemplo, la muerte del atleta Joaquín Blume junto a otros 27 pasajeros, al estrellarse el avión entre Huerta del Marquesado y Valdemeca, no se puede olvidar, con el paso del tiempo, el accidente que sufrieron dos aviones reactores F-86, del Ala de Caza número 1 de la Base de Manises, que se produjo el Viernes de Dolores, 23 de marzo de 1956, en la Sierra de Talayuelas, en concreto en el Pico de Ranera y en el paraje conocido como “Pocete de la Veda”, a poca distancia de la cumbre, de una altura de unos 1.300 metros.
La ciudad y la provincia se preparaban para la Semana Santa, pues el día 25 era el Domingo de Ramos. El mal tiempo se dejaba notar en un invierno de aquellos años, que se hacían tan duros por falta de medios de la España de blanco y negro, que incluso el 28 de abril quedó blanca en lo que se refiere a la provincia de Cuenca, con un nevada de 25 centímetros de espesor en Tragacete y gran parte de la Serranía.
Se estrellan dos reactores
Ese viernes 23 de marzo, a las cuatro de la tarde, salió una escuadrilla de tres aviones reactores de la Base Aérea de Manises con dirección a la Base de Getafe. Uno era pilotado por el capitán José Antonio Salazaer Cútoli (en la prensa nacional se publicó el nombre de José María Salazar Martínez de Salinas); otro por el capitán Jaime Caballero Echevarría y el tercero por el también capitán Sinforiano Molleda Benjumea, hijo del coronel Molleda, que había sido gobernador militar de Cuenca unos meses antes.
Los tres cazas denominados “Sabre” F-86 comenzaron a tener problemas cuando sobrevolaban la Sierra de Talayuelas, en el linde entre Valencia y Cuenca, debido a una fuerte tormenta de agua y viento, según contaba en “Ofensiva” su director Miguel María de la Hoz, desplazado hasta el lugar del suceso junto al gobernador civil, Eladio Perlado y fuerzas de la Guardia Civil.
La noticia del suceso del viernes se publicaba en la prensa nacional y local, el domingo 25, pues hasta el sábado no se encontraron los restos de los reactores y de los pilotos, al quedar pulverizados. Fue un pastor quien dio la voz de alarma, a la Guardia Civil y voluntarios que rastreaban la zona. En la edición dominical de “Ofensiva” se titulaba a cinco columnas sobre fondo negativo: “Hoy comienza la Semana Santa” y debajo a cuatro la noticia del día: “Pulverizados se encontraron ayer en la Sierra de Talayuelas dos aviones a reacción y los cadáveres de sus pilotos”. En el sumario, en lugar de destacar al pastor que había encontrado el “dantesco espectáculo” se decía que “a las pocas horas se personó en el lugar del suceso el Excmo. Sr. Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento”.
El pastor buscaba ramos de olivo
El piloto Salazar, al perder el contacto con sus compañeros, regresó a la Base de Manises, avisando del incidente. Tanto desde la Base de Manises como de la de Getafe, se dio la alarma, avisando al Cuartel de la Guardia Civil de Cuenca y de Talayuelas y pueblos cercanos. No había rastro y la noche se echó encima. Tras la explosión, el silencio en la Sierra. Sobre el suelo y el pinar, los restos. Muy de mañana comenzó la búsqueda a las órdenes del teniente coronel Mariscal. Desde Manises se desplazaron equipos de rescate.
Pero fue el vecino de Talayuelas, Vicente Crespo Ruiz, quien se encontró con la tragedia. Iba montado en una mula cortando ramas de olivo para la procesión del Domingo de Ramos en Talayuelas. Vicente volvió con su mula y algunas ramas al pueblo para contar lo sucedido y a partir de entonces la Guardia Civil y numerosos voluntarios de Talayuelas fueron llegando hasta el lugar donde encontraron miles de partículas de los dos aviones y de los restos mortales y objetos personales, que fueron metiendo en unas bolsas, entre la lluvia.
Contemplaron los restos de los reactores “como dos embudos en la tierra, de unos cinco metros de diámetro por dos y medio de profundidad, separados entre sí unos cuarenta metros, y partiendo de ellos sobre un radio de acción de más de un kilómetro en redondo”, apuntaba Miguel Mª de la Hoz.
Dos capitanes de 27 años con experiencia
Los dos capitanes del Aire fallecidos, Jaime Caballero Echevarría, de 27 años, y Sinforiano Molleda Benjumea, de 27, eran expertos en este tipo de vuelos con los aviones. La muerte de ambos causó una gran consternación en la Base Aérea de Manises. Todas las informaciones destacaban la ayuda de los vecinos de los pueblos de Talayuelas, Sinarcas, Utiel y de la aldea de Casillas de Ranera, donde habían visto volar muy bajo a los dos reactores. Entre todos esos pueblos más de un millar de personas se “echaron al monte” para colaborar, junto a miembros del Ejército. Pero fue Vicente con su mula, en la víspera del Domingo de Ramos, quien dio la noticia.
El Domingo de Ramos se derrumbaron toneladas de piedra
El Domingo de Ramos, 25 de marzo de 1956, era de luto en Talayuelas, pero las ramas que llevó Vicente eran para la procesión que tenía que salir. La tragedia estaba en la mente de todos cuando el vecino de Talayuelas, Domingo Rivera, se presentó alarmado en el Cuartel de la Guardia Civil contando que “a unos tres kilómetros y en la misma Sierra donde había ocurrido el accidente aéreo había vuelto a ocurrir otro suceso”.
Decía que se debía de tratar de “muchos aviones”, pues había cientos de pinos derribados y que escuchó fuertes explosiones, contaba Luis Novella en “Ofensiva”. Se pueden imaginar el pánico. En pocos minutos los vecinos en caballerías, bicicletas y a la carrera fueron hasta el lugar ¡No eran aviones! Decía Novella que la causa de la alarma fue que “un bloque de piedra de más de 40.000 arrobas de peso se había desprendido arrollando pinos y haciendo ruido como explosiones y levantando verdaderas nubes de polvo”. Después del susto, a la procesión, con la mula de Vicente.